Surfeando en Nueva Zelanda

Como Jack Nickolson y Morgan Freeman en la película “Antes de partir”, tengo mi propia lista de las cosas que quiero hacer antes de morir, pero hoy hay una que ya está cumplida: surfear. Aunque no puedo decir que “me saqué las ganas” porque en realidad fue todo lo contrario, tengo muchísimas más que antes desde el momento mágico en que logre por fin pararme en la tabla -que duró sólo unos segundos y no fue con la postura más elegante del mundo (creo que parecía una versión femenina de Kung Fu Panda) pero me siento conforme para ser mi primera clase.

Desde hace unos meses que tengo entre manos una nota sobre el surf en Nueva Zelanda para un diario latinoamericano y ya estuve en Piha Beach en diciembre, pero como espectadora. Hace pocos días retomé el artículo y decidí que no iba a ser 100% honesto si yo misma no lo probaba. A través de un flayer que encontré en la oficina del Bay Adventurer -el backpackers donde me estoy quedando- me enteré de la existencia de la academia Surfaris (www.surfaris.co.nz), con sede en la Tutukaka Coast, aunque no tienen un local físico en una playa sino que se transladan a la que le parezca mejor para el día -según el clima, las corrientes, el nivel de los alumnos y otras variables- mediante su camioneta y trailer con decenas de tablas y trajes térmicos de neopreno.

El dueño de Surfaris es Simon Clowes, un inglés que vive desde hace quince años en Nueva Zelanda y luego de diez años dedicado al marketing y ventas en diversas empresas decidió abrir su propio negocio y dedicarlo a su pasión: el surf. El staff de Surfaris crece en momentos de gran demanda -como ahora, que son las vacaciones escolares y a través del programa “surf camp” enseña a surfear gratis a chicos durante toda una semana -esto gracias a los fondos de un programa del gobierno kiwi. Entre los que lo integran actualmente está Marc Sola, de Barcelona, que fue el que se encargó de darme a mi la clase -menos mal, porque era el único que hablaba español! En España Marc era profesor de escuela y jardin de infantes, algo que se notó con la onda que le ponía a los chicos -todavía no les conté, pero mi clase coincidió con la de uno de los grupos de niños que está anotado en el programa de verano.

Completan el equipo dos ingleses, Luke Munro y Matt Manley, que están viviendo en una granja a pocos kilómetros pero como lo que más les gusta es estar surfeando trabajan con su compatriota cuando la demanda es alta.

Marc, Simon, su hija Caja -una gran fanática del surf- y Luke

Marc, Simon, su hija Caja -una gran fanática del surf- y Luke

Una yapa de este paseo fue que, por primera vez desde que llegué a Nueva Zelanda, pude acampar. No hay bus desde Paihia hasta Tutukaka Coast, así que ayer me tomé un bondi hasta Whangarei (es la ciudad más grande de todo Northland y queda a mas o menos una hora de acá) y Matt me llevó en su auto desde ahí a la casa de Simon, a unos 20 o 30 kilómetros. En el jardín hay un montón de carpas y en una dormí yo, con el ruido del mar y el viento de fondo. Esa noche, como introducción al mundo del surf, vimos el documental “Stepping to Liquid” (2003). Entre la película y las explicaciones de los chicos fui aprendiendo algunos conceptos básicos para el surf, entre ellas que las olas rompen hacia la derecha o hacia la izquierda -estas son las mejores para surfear- pero también pueden correr en paralelo, en barra. También descubrí que el lugar donde se forman las olas -ya sea playa, rocas o arrecifes- determina la forma en que esta se va a formar y comportar. Y que el agua tiene sus “normas de tránsito” como si fuera una carretera, siendo la principal que siempre tiene prioridad el surfista que arranca más cerca del punto donde rompe la ola. Y que cuando esta regla no se cumple, se pueden llegar a armar peleas violentas entre los surfistas.

Por las condiciones del clima -las corrientes, las olas y el viento, que son las variantes más importantes del surf-, a la mañana siguiente Simon eligió a la playa Woolleys Bay para la clase de hoy, y allá nos encontramos con unos quince chicos, que tendrían entre 5 y 15 años, acompañados por algunos familiares. Los instructores les repartieron los trajes, y después una camiseta amarilla a cada uno: se usan para identificar al grupo, dado que en una playa pueden coincidir varios grupos. Los instructores, para diferenciarse, optan por camisetas rojas.

El protector solar es indispensable.

El protector solar es indispensable en esta región porque, como Uruguay, está directamente abajo del agujero de la capa de Ozono.

Ponerme el traje fue toda una odisea -realmente son pegajosos- pero el agua estaba a 16 grados -más fría que en los últimos días- así que sin el traje hubiera sido imposible surfear. Sentados en la arena, previo a entrar al agua, Marc me instruyó en algunas de las bases del surf, como las partes de una tabla: nose (nariz) es la punta de adelante, tail (cola) la de atrás, los bordes (rails) y bottom es lo que va bajo contra el agua -mientras que su inverso es el deck, la superficie sobre la que va parado el surfista. En el bottom van las quillas, unas piezas con forma de aleta de tiburón que le dan estabilidad a la tabla, la agarran al agua y evitan que derrapemos. Por último, el leash o invento es la piola que une al surfista con la tabla, para evitar que uno la pierda en el mar, y se pega con velcro al tobillo que va atrás de la tabla.

Para la clase usamos tablas softboards, cuyo deck está hecho de material blando en vez de fibra de vidrio, porque al ser más blandas son más seguras para los principiantes. (golpearse la cabeza con una tabla es uno de los mayores peligros al surfear -por eso Marc me explicó que lo primero que hay que hacer si una ola te tira es protegerte la cabeza y la nuca con las manos.

Las tablas pueden ser de distintos tamaños y formas, cada una con sus pros y contras. Las longboards son las más largas, ideales para aprender porque son las que tienen más estabilidad -en contrapartida son más difíciles para los giros, pero eso no nos importa tanto cuando somos principiantes.

Antes de explicarme, con la tabla sobre la arena, algunas técnicas para pararse en el agua, intentamos descubrir si yo era regular -o sea, que mi postura más cómoda es con el pie izquierdo adelante y el derecho atrás- o goofy, la postura inversa. Resulté ser goofy, por lo que al invento me dijo que me lo atara en el tobillo izquierdo.

Después me explicó dos técnicas para pararse sobre las olas: la primera en un solo movimiento, para expertos (“nunca se sabe si vas a tener un talento especial aunque seas principiante”, me dijo). La otra es la que aconsejan a principiantes, apoyando primero un pie (en mi caso el derecho) y girando después.

La explicación es más o menos así: venís remando acostado boca abajo sobre la tabla -de espaldas al mar y frente a la orilla-, das tres brazadas fuertes para agarrar la ola (si no lo hacés probablemente la ola te pase de largo) y te ponés en una posición que parece una postura de yoga: es como una lagartija con los brazos extendidos, las manos a la altura de la cadera y las rodillas apoyadas en el deck.

Como segundo paso pasás la rodilla (en mi caso la derecha) por el medio de los brazos y apoyás ese pie. Después girás un poco el torso (si sos goofy hacia la izquierda) y ponés las manos en una posición que parece de karate. Todo esto con mucho cuidado de estar balanceado sobre la tabla para mantener el equilibrio, sino se te va a dar vuelta y te caés. Conste que esta es la explicación de una principiante y puede haber simplificaciones o cosas no del todo bien explicadas, pero mi intención es explicarles mas o menos lo básico. Lo importante es que siguiendo las indicaciones de Marc -que estuvo todo el tiempo conmigo en el agua, no como otros instructores que te explican todo y después te miran desde la orilla- pude pararme tres veces sobre la tabla. No importa que haya durado unos pocos segundos en pie sobre la tabla, ya habrá tiempo para mejorar mis marcas, quizás incluso de nuevo aquí en Nueva Zelanda antes de volver a Uruguay.

Después de la clase los chicos organizaron un partido de volley y otros juegos de playa.

Después de la clase los chicos organizaron un partido de volley y otros juegos de playa.

En Surfaris Surf School & Tours una clase de surf de dos horas tiene un costo de 70 dólares con el costo del alquiler de la tabla y el traje de neopreno incluido. Hay diferentes surf tours donde se visitan diferentes playas en el día, o fines de semana de campamento, ambos con comida incluida. Más información en la página www.surfaris.co.nz, escribiendo a simon@surfaris.co.nz o llamando a los teléfonos 09 4343843 y 0277344877

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